Tenía fría la cara desde que no la mordías. Y la cara no era lo único frío en ella. El tren enfriaba sus manos y pies porque ya no la tocabas. Porque si la tocas se olvida del resto, que si siente tus plantas frías bajo el edredón duerme mejor y si la besas en la espalda no te digo qué le pasa. Que le han contado mil y una historias pero como la que guardan tus manos todavía ninguna.

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