La mañana duró lo que dura un café. Tres horas si te pierden los ojos del de enfrente.
Y los suyos aquélla noche querían ser negros. Aun así decidí perderme en ellos y después sus manos hicieron el resto. Y el café se consumió. Lento. Pero caliente. Aunque la cuchara dibujara mil vueltas por minuto. Aunque de lo oscuro no se viera ni el fondo blanco de la taza. Dicen que hay tormenta si el cielo está gris. Y ésa noche desapareció la luz en todo Madrid.

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